Cuántas veces hemos tratado de encontrarle sentido oculto o visible a lo que se llama vida. Encontrar un sendero en una ciénaga de sangre, ceniza y corazones rotos parece imposible.
Los rostros humanos padecen el mal de la mentira. Sonreímos juntos, nos alejamos y finalmente regresamos al estado original: solitarios, abandonados, desprendidos.
Nuestros rostros cierran su mecanismo óseo, los tejidos descansan nuestros músculos hipócritas y se encierran de nuevo tras las sombras. Se esconden de la luz que se proyecta a lo lejos, desde el horizonte, para irse y dejarnos en la oscuridad.
Transitamos entonces por el camino conocido. Entre los árboles cenizos y sus hojas puntiagudas y lastimeras. Nos recargamos en el que se ve más grande, pues pareciera que puede soportar nuestra pesadez. Pero al mínimo toque, éste se retira pues ha decidido que no es lo suficientemente fuerte para mantenernos en pie.
Si tan sólo hubiese intentado lograrlo, entonces podríamos voltear hacia arriba y ver que aún quedan algunas estrellas difusas, lejanas, inalcanzables que titilan cansadamente, dando ritmo a nuestros pasos tristes.
Si tan sólo aquel árbol nos hubiera estrechado en sus ramas, si nos hubiera dando aliento con el murmullo de sus hojas, tal vez hubiéramos percibido el aroma de su existencia y finalmente podríamos haber sonreído sinceramente, estrechándonos en un bosque de dicha.
Pero ya que eso no ha sucedido, podemos seguir caminando, con lágrimas en nuestros ojos y los pies hinchados. Buscando quien nos de apoyo y murmullos aromáticos, aunque si pasa mucho tiempo podríamos rendirnos en la búsqueda.
Un alma más perdida en el bosque de la vida no es nada extraño. Podemos encontrarnos mientras nos despedimos de algunas semillas que plantamos hace muchos años y que nunca dieron frutos, podemos así presenciar la muerte.
Y la muerte existe en cada uno de nuestros semblantes demacrados. Existe en cada arruga, cada monte y cada valle de nuestros cuerpos. Somos muerte y a ella pertenecemos toda la vida.
1 de noviembre de 2009
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Precioso, realmente una caricia a los sentidos a sido la lectura. Respecto al contenido, si te despertaras de repente con una amnesia total y estuvieras en la celda de una prisión, ¿Quién creerías que eres? Tendrías que invetante o imaginarte, un personaje acorde a tu situación. Te tendrías que creer lo que te dijeran, te creerías que eres la reclusa nº1.235 y te convertirías en una reclusa de la prisión tal, condenado por un delito que ni tan solo podías recordar. En principio no te quedaría otro remedio que asumir ese personaje. Y eso es lo que nos ha pasado desde nuestro nacimiento. Los rostros humanos, son solo mascaras, personajes de una pelicula que nos han hecho que creer que es real, nos hemos creido que los decorados son la realidad y hemos olvidado nuestra verdadera esencia. Enhorabuena escritora :-)
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