El cuentito es de Samuel R. Delany y fue publicado en Octubre de 1974 en The Magazine of Fantasy and Science Fiction en su 28° Aniversario. Ofrezco una traducción un poco tosca de la primera parte del cuento, que consta de 6 capítulos; y la razón de traducirlo y no dejarlo en inglés es que necesito practicar un poco. Claro que si quieren el texto original, luego les presto la revista o lo que sea.
Prismática
por Samuel R. Delany
Homenaje a James Thurber
I
Pero esta noche cuando Amos entró en la taberna, Billy estaba callado, y todos los demás también. Incluso Hidalga, la mujer que poseía la taberna y no tomaba en serio las habladurías de los hombres, estaba recargada sobre sus codos en el mostrador y escuchaba con la boca abierta.
El único hombre que estaba hablando era alto, delgado y gris. Llevaba puesta una capa gris, guantes grises, botas grises y su cabello era gris. Para Amos su voz sonaba como el viento sobre el pelaje de un ratón, o arena en terciopelo viejo. La única cosa que no era gris era un baúl grande negro a su lado, que le llegaba al hombro. Varios marineros rudos y mugrientos con sables se sentaron en su mesa - ¡Estaban tan sucios que no tenían ningún color!
"... entonces," la suave voz gris continuó, "necesito a alguien lo suficientemente listo y valiente para ayudar a mi más cercano y más querido amigo y a mí. Será bien valorado el tiempo de alguno"
"¿Quién es tu amigo?" preguntó Amos. Como no había escuchado el principio de la historia, toda la taberna le parecía demasiado tranquila para un sábado por la noche.
El hombre gris volteó y levantó sus cejas grises. "Ahí está mi amigo, el más cercano y más querido." Señaló el baúl. De él salió un bajo y bochornoso sonido: Ulmphf.
Todas las bocas que estaban abiertas en la taberna se cerraron.
"¿Qué clase de de ayuda necesita?" preguntó Amos. "¿Un doctor?"
Los ojos grises se ampliaron, y todas las bocas se abrieron una vez más.
"Estás hablando de mi más cercano y más querido amigo amigo," dijo la voz gris, suavemente.
Del otro lado del cuarto Billy Belay trató de hacer una seña a Amos de permanecer en silencio, y el dedo que Billy había puesto en sus labios fue rápidamente a su boca como si estuviera urgándose los dientes.
"La amistad es una cosa rara en estos días," dijo Amos. "¿Qué clase de ayuda necesitan tú y tu amigo?"
"La pregunta es: ¿Estarías dispuesto a darla?" dijo el hombre gris.
"Y la respuesta es: Si es bien valorado mi tiempo," dijo Amos, que realmente podía pensar muy rápido.
"¿Valdría todas las perlas que puedas guardar en tu bolsillo, todo el oro que puedas cargar en una mano, todos los diamantes que puedas llevar en la otra, y todas las esmeraldas que puedas recoger de una fuente en una tetera de plata?"
"Eso no es mucho por una verdadera amistad," dijo Amos.
"Si vieras a un hombre viviendo el momento más feliz de su vida, ¿lo valdría entonces?"
"Tal vez sí," admitió Amos.
"¿Entonces nos ayudarás a mi amigo y a mí?"
"Por todas las perlas que pueda guardar en mi bolsillo, todo el oro que pueda cargar en una mano, todos los diamantes que pueda llevar en la otra, todas las esmeraldas que pueda recoger de una fuente en una tetera de latón, y la oportunidad de ver a un hombre viviendo el momento más feliz de su vida - ¡Te ayudaré!"
Billy Belay recargó su cabeza sobre la mesa y empezó a llorar. Hidalga enterró su cara en sus manos, y todos los demás en la taberna se voltearon y empezaron a verse más bien grises ellos mismos.
"Entonces ven conmigo," dijo el hombre gris, y los marineros rudos con sables se levantaron y alzaron el baúl sobre sus sucios hombros - Onvbpmf, vino el sonido denso del baúl - y el hombre gris aventó su capa, agarró a Amos de la mano, y corrió hacia la calle.
En el cielo las nubes se arremolinaron y se golpearon unas a otras, tratando de perturbar a la lluvia.
A la mitad de la calle adoquinada el hombre gris gritó, "¡Alto!"
Todos se detuvieron y pusieron el baúl en la acera.
El hombre gris fue y recogió un gato callejero color mandarina que había estado buscando cabezas de pescado en el cubo de basura. "Abre el baúl," dijo. Uno de los marineros tomó una gran llave de hierro de su cinturón y abrió el candado de la parte superior del baúl. El hombre gris sacó su delgada espada de acero gris y levantó la tapa muy ligeramente. Entonces dejó al gato adentro.
Inmediatamente dejó caer la tapa nuevamente, y el marinero con la llave de hierro cerró el candado en la parte superior de la caja. Desde dentro salió un maullido del gato que terminó con un profundo, depresivo: Elmblmpf.
"Creo," dijo Amos, quien pensaba rápido y era rápido diciendo lo que pensaba, "que no todo está muy bien ahí dentro."
"Cállate y ayúdame," dijo el hombre delgado, "o te pondré a tí en el baúl con mi más cercano y más querido."
Por un momento, Amos tuvo un poco de miedo.
"Ahora," dijo el hombre gris, "aquí hay un mapa."
"¿Dónde lo conseguiste?" preguntó Amos.
"Lo robé del peor de mis peores enemigo."
"¿De qué es el mapa?" preguntó Amos. Él sabía que debes preguntar tantas preguntas como sea posible cuando hay tantas cosas que no sabías.
"Es un mapa de muchas partes y muchos tesoros, y neccesito a alguien que me ayude a encontrarlos."
"¿Son estos tesoros las perlas y oro y diamantes y esmeraldas de las que me hablaste?"
"Absurdo," dijo el hombre gris. "Tengo más esmeraldas y diamantes y oro y perlas que no sé qué hacerles" y abrió un armario.
Amos permaneció mirando con asombro las joyas que por millares cayeron en el piso, brillando resplandecientes, rojas, verdes, y amarillas.
"Ayúdame a meterlas en el armario," dijo el hombre gris. "Son tan brillantes que si las miro mucho tiempo, me duele la cabeza."
Entonces metieron las joyas y se recargaron contra la puerta del armario hasta que se cerró. Entonces regresaron al mapa.
"Entonces cuáles son los tesoros?" preguntó Amos, lleno de curiosidad.
"El tesoro es la felicidad, para mpi y mi más cercano y más querido amigo."
"¿Cómo piensas encontrarla?"
"En un espejo," dijo el hombre gris. "En tres espejos, o mejor, un espejo roto en tres pedazos."
"Un espejo roto es mala suerte," dijo Amos. "¿Quién lo rompió?"
"Un mago tan grande y viejo y tan terrible que tú y yo no necesitamos nunca preocuparnos por él."
"¿El mapa dice donde están escondidas las piezas?"
"Exactamente," dijo el hombre gris. "Mira, estamos aquí."
"¿Cómo puedes saber?"
"El mapa lo dice," dijo el hombre gris. Y bien seguro, en letras verdes grandes en una esquina del mapa estaba marcado: AQUÍ.
"Tal vez más cerca de lo que crees, aquí arriba, y a dos leguas de aquí, las piezas están escondidas."
"¿Tu mayor felicidad será mirar en este espejo?"
"Será mi mayor felicidad y la de mi más cercano y más querido amigo."
"Muy bien," dijo Amos. "¿Cuándo empezamos?"
"Cuando el alba esté brumoso y el sol esté escondido y el aire sea gris, tan gris como pueda ser."
"Muy bien," dijo Amos una segunda vez. "Hasta entonces, caminaré por ahí y exploraré tu barco."
"Será mañana a las cuatro en punto por la mañana," dijo el hombre gris. "Por lo tanto no permanezcas levantado tan tarde."
"Muy bien," dijo Amos una tercera vez.
Cuando Amos estaba a punto de partir, el hombre gris levantó un rubí rojo brillante que había caído del armario y no había sido devuelto. A un costado del baúl que ahora estaba en la esquina había una pequeña puerta triangular que Amos no había visto. El hombre gris la abrió, dejó el rubí y la cerró de golpe rápidamente: Orghmflbfe.
por Samuel R. Delany
Homenaje a James Thurber
I
Había una vez un hombre pobre llamado Amos. No tenía nada más que su cabello brillante y rojo, dedos y pies rápidos, e ingenio aún más rápido. Una noche gris, cuando la lluvia retumbaba en las nubes, a punto de caer, vino por la calle adoquinada hacia la Taberna del Marinero a jugar palillos chinos con Billy Belay, el marinero con una pierna de madera y una boca llena de historias que masticaba y escupía durante toda la noche. Billy Belay hablaría y bebería y reiría, y a veces cantaría. Amos se sentaría silenciosamente y escucharía - y siempre ganaría en los palillos chinos.
Pero esta noche cuando Amos entró en la taberna, Billy estaba callado, y todos los demás también. Incluso Hidalga, la mujer que poseía la taberna y no tomaba en serio las habladurías de los hombres, estaba recargada sobre sus codos en el mostrador y escuchaba con la boca abierta.
El único hombre que estaba hablando era alto, delgado y gris. Llevaba puesta una capa gris, guantes grises, botas grises y su cabello era gris. Para Amos su voz sonaba como el viento sobre el pelaje de un ratón, o arena en terciopelo viejo. La única cosa que no era gris era un baúl grande negro a su lado, que le llegaba al hombro. Varios marineros rudos y mugrientos con sables se sentaron en su mesa - ¡Estaban tan sucios que no tenían ningún color!
"... entonces," la suave voz gris continuó, "necesito a alguien lo suficientemente listo y valiente para ayudar a mi más cercano y más querido amigo y a mí. Será bien valorado el tiempo de alguno"
"¿Quién es tu amigo?" preguntó Amos. Como no había escuchado el principio de la historia, toda la taberna le parecía demasiado tranquila para un sábado por la noche.
El hombre gris volteó y levantó sus cejas grises. "Ahí está mi amigo, el más cercano y más querido." Señaló el baúl. De él salió un bajo y bochornoso sonido: Ulmphf.
Todas las bocas que estaban abiertas en la taberna se cerraron.
"¿Qué clase de de ayuda necesita?" preguntó Amos. "¿Un doctor?"
Los ojos grises se ampliaron, y todas las bocas se abrieron una vez más.
"Estás hablando de mi más cercano y más querido amigo amigo," dijo la voz gris, suavemente.
Del otro lado del cuarto Billy Belay trató de hacer una seña a Amos de permanecer en silencio, y el dedo que Billy había puesto en sus labios fue rápidamente a su boca como si estuviera urgándose los dientes.
"La amistad es una cosa rara en estos días," dijo Amos. "¿Qué clase de ayuda necesitan tú y tu amigo?"
"La pregunta es: ¿Estarías dispuesto a darla?" dijo el hombre gris.
"Y la respuesta es: Si es bien valorado mi tiempo," dijo Amos, que realmente podía pensar muy rápido.
"¿Valdría todas las perlas que puedas guardar en tu bolsillo, todo el oro que puedas cargar en una mano, todos los diamantes que puedas llevar en la otra, y todas las esmeraldas que puedas recoger de una fuente en una tetera de plata?"
"Eso no es mucho por una verdadera amistad," dijo Amos.
"Si vieras a un hombre viviendo el momento más feliz de su vida, ¿lo valdría entonces?"
"Tal vez sí," admitió Amos.
"¿Entonces nos ayudarás a mi amigo y a mí?"
"Por todas las perlas que pueda guardar en mi bolsillo, todo el oro que pueda cargar en una mano, todos los diamantes que pueda llevar en la otra, todas las esmeraldas que pueda recoger de una fuente en una tetera de latón, y la oportunidad de ver a un hombre viviendo el momento más feliz de su vida - ¡Te ayudaré!"
Billy Belay recargó su cabeza sobre la mesa y empezó a llorar. Hidalga enterró su cara en sus manos, y todos los demás en la taberna se voltearon y empezaron a verse más bien grises ellos mismos.
"Entonces ven conmigo," dijo el hombre gris, y los marineros rudos con sables se levantaron y alzaron el baúl sobre sus sucios hombros - Onvbpmf, vino el sonido denso del baúl - y el hombre gris aventó su capa, agarró a Amos de la mano, y corrió hacia la calle.
En el cielo las nubes se arremolinaron y se golpearon unas a otras, tratando de perturbar a la lluvia.
A la mitad de la calle adoquinada el hombre gris gritó, "¡Alto!"
Todos se detuvieron y pusieron el baúl en la acera.
El hombre gris fue y recogió un gato callejero color mandarina que había estado buscando cabezas de pescado en el cubo de basura. "Abre el baúl," dijo. Uno de los marineros tomó una gran llave de hierro de su cinturón y abrió el candado de la parte superior del baúl. El hombre gris sacó su delgada espada de acero gris y levantó la tapa muy ligeramente. Entonces dejó al gato adentro.
Inmediatamente dejó caer la tapa nuevamente, y el marinero con la llave de hierro cerró el candado en la parte superior de la caja. Desde dentro salió un maullido del gato que terminó con un profundo, depresivo: Elmblmpf.
"Creo," dijo Amos, quien pensaba rápido y era rápido diciendo lo que pensaba, "que no todo está muy bien ahí dentro."
"Cállate y ayúdame," dijo el hombre delgado, "o te pondré a tí en el baúl con mi más cercano y más querido."
Por un momento, Amos tuvo un poco de miedo.
II
Luego estaban en un barco, y todos los tableros eran grises por haber estado tanto tiempo sin pintura. El hombre gris metió a Amos en su cabina y se sentaron en los lados opuestos de una mesa."Ahora," dijo el hombre gris, "aquí hay un mapa."
"¿Dónde lo conseguiste?" preguntó Amos.
"Lo robé del peor de mis peores enemigo."
"¿De qué es el mapa?" preguntó Amos. Él sabía que debes preguntar tantas preguntas como sea posible cuando hay tantas cosas que no sabías.
"Es un mapa de muchas partes y muchos tesoros, y neccesito a alguien que me ayude a encontrarlos."
"¿Son estos tesoros las perlas y oro y diamantes y esmeraldas de las que me hablaste?"
"Absurdo," dijo el hombre gris. "Tengo más esmeraldas y diamantes y oro y perlas que no sé qué hacerles" y abrió un armario.
Amos permaneció mirando con asombro las joyas que por millares cayeron en el piso, brillando resplandecientes, rojas, verdes, y amarillas.
"Ayúdame a meterlas en el armario," dijo el hombre gris. "Son tan brillantes que si las miro mucho tiempo, me duele la cabeza."
Entonces metieron las joyas y se recargaron contra la puerta del armario hasta que se cerró. Entonces regresaron al mapa.
"Entonces cuáles son los tesoros?" preguntó Amos, lleno de curiosidad.
"El tesoro es la felicidad, para mpi y mi más cercano y más querido amigo."
"¿Cómo piensas encontrarla?"
"En un espejo," dijo el hombre gris. "En tres espejos, o mejor, un espejo roto en tres pedazos."
"Un espejo roto es mala suerte," dijo Amos. "¿Quién lo rompió?"
"Un mago tan grande y viejo y tan terrible que tú y yo no necesitamos nunca preocuparnos por él."
"¿El mapa dice donde están escondidas las piezas?"
"Exactamente," dijo el hombre gris. "Mira, estamos aquí."
"¿Cómo puedes saber?"
"El mapa lo dice," dijo el hombre gris. Y bien seguro, en letras verdes grandes en una esquina del mapa estaba marcado: AQUÍ.
"Tal vez más cerca de lo que crees, aquí arriba, y a dos leguas de aquí, las piezas están escondidas."
"¿Tu mayor felicidad será mirar en este espejo?"
"Será mi mayor felicidad y la de mi más cercano y más querido amigo."
"Muy bien," dijo Amos. "¿Cuándo empezamos?"
"Cuando el alba esté brumoso y el sol esté escondido y el aire sea gris, tan gris como pueda ser."
"Muy bien," dijo Amos una segunda vez. "Hasta entonces, caminaré por ahí y exploraré tu barco."
"Será mañana a las cuatro en punto por la mañana," dijo el hombre gris. "Por lo tanto no permanezcas levantado tan tarde."
"Muy bien," dijo Amos una tercera vez.
Cuando Amos estaba a punto de partir, el hombre gris levantó un rubí rojo brillante que había caído del armario y no había sido devuelto. A un costado del baúl que ahora estaba en la esquina había una pequeña puerta triangular que Amos no había visto. El hombre gris la abrió, dejó el rubí y la cerró de golpe rápidamente: Orghmflbfe.
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