29 de julio de 2009

Pavlov recargado

Todos los que llevamos en algún momento una clase de psicología debemos recordar a un monito que se llamaba Pavlov. El hombre describió lo que se conoce como condicionamiento clásico, solía experimentar con perros, se dio cuenta que además de salivar excesivamente cuando anticipaban el momento de comer, también aumentaba su salivación con la sola vista del alimento, incluso el ver a la persona que normalmente los alimentaba los hacía más babosos. Para seguir estudiando esto intentó ver si podía asociar estímulos a otras cosas además de las relacionadas a la comida. Entonces comenzó a sonar una campana cada vez que llevaba alimento a los perros, después de un rato observó que sólo hacía falta el sonido de dicha campana para lograr que aumentara la salivación de sus perros (por si alguien se pregunta cómo medía la baba: les insertó una cánula directo en las glándulas salivales).

Estos experimentos fueron el inicio de las teorías de condicionamiento, pero a Pavlov o le dio hueva conocer los mecanismos mentales o no daba para más porque para el la mente de todos los seres vivos eran una caja negra y punto.

Ahora comenzamos a observar que, como buenos mamíferos que somos, también dependemos en parte de condicionamientos estímulo-respuesta y como lo muestra un estudio en la revista PLoS Biology, en el cual los investigadores diseñaron un juego para demostrar este proceso.

Antes de cada set de retos, Pleger (el investigador principal del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas en Alemania), mostró a los participantes cuánta recompenza podrían ganar. Después los sujetos de estudio intentaban distinguir cuál de las dos descargas eléctricas aplicadas a sus dedos índices era mayor. Si acertaban, el premio era mostrado en una pantalla.

Lo entretenido del asunto es que parecía que los sujetos aprendían ya que entre más grande la recompensa, más decisiones correctas hacían en los retos subsecuentes.

Ahora ahí va un poco de explicación química: desde hace tiempo hemos sabido de la existencia de una dependencia dopaminérgica. En el experimento incluso saltó a la vista por una segunda prueba, en la que los sujetos eran asignados aleatoriamente a tres grupos, uno a dosis de una droga que aumentaba la secreción de dopamina, otro que la disminuía y uno a placebo. Se encontró que le iba mejor a los pacientes con niveles elevados de dopamina que a los engañados con el placebo. Incluso se observó que con la droga antagonista de dopamina los resultados eran peores en la discriminación sensorial de la descarga eléctrica.

Esto podría tener implicaciones favorables para pacientes con daños cerebrales como infartos o trauma ya que tendrían la posibilidad de "aprender" nuevamente algunas funciones y ser ayudados con su rehabilitación. Es como ponerle a un burro una zanahoria química enfrente para que continúe caminando.

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